Encontrarme fotos de carnet en lugares públicos, incluso insólitos, me produce curiosidad. De camino al Rastro, en un banco del metro o sobre el paso de cebra de una grande avenida. ¿Cómo han llegado hasta allí? La suplementación de la identidad, en este caso, me provoca angustia y misterio. Y nadie se presta a retirarlas; y parece que la propia expresión del rostro nos lo pidiera a gritos. Esto es, estamos expuestos públicamente, no tanto como en el universo digital, pero me intimida más, si cabe, pensar que mi foto de carnet pulula por una gran ciudad y entre gente que desconozco. Esa foto, involuntariamente, terminará en cualquier estación, sin distinción de sexo, edad, nacionalidad de quien pueda acceder a ella, y viajará entre andenes y vagones. Recorrerá ciudades, se inventarán historias de acuerdo a sus protagonistas y circulará durante meses y años hasta que descanse en algún otro lugar más seguro y menos público, antes de que envejezca, amarillee o el viento la devuelva a un nuevo lugar. Escenas que uno se crea en la cabeza y que me remiten, ¡inevitable!, al coleccionador de fotos en Amélie. Porque los fotomatones son un no-lugar, un habitáculo intimidatorio, un universo revelador de uno mismo, íntimo y divertido en las noches, claustrofóbico de día, que nos catapulta en nuestro perfil más ocurrente, reservado o burlón.

Manual de uso y disfrute:
Identifica y define tu foto para la posteridad
Imagen de portada: Elena y Raquel (Madrid, 2011).
Los fotomatones son también como pequeñas cabinas del envejecimiento y la muerte. Cuantas más fotografías reciba un rostro, antes envejece y antes pierde su vida. A quien se guarda de no retratarse nunca o las menores veces posible, le espera un bonito cutis en su madurez, un rostro limpio, blanco, saludable, el fruto del absoluto anonimato. (micro-relato de Luis Zaragoza)