Curvas y convicciones

Un genio como Oscar Niemeyer (Río de Janeiro, 1907, – ) no necesitaría ser presentado. Es, sin duda, un referente de la arquitectura universal, sobre todo por ser uno de los mayores reformadores del Movimiento Moderno en arquitectura. 

La Fundación Telefónica le rindió homenaje como uno de los maestros de la arquitectura del último siglo con la retrospectiva Oscar Niemeyer, comisariaza por su gran amigo y también arquitecto Lauro Cavalcanti, que ofrecía un recorrido cronológico por su impresionante trayectoria, desde sus primeros trabajos en Brasil en los años 30, hasta sus proyectos en marcha (casi 500), a través de una amplia muestra de dibujos, fotos, películas, mobiliario, maquetas y documentos originales.
Niemeyer pertenece a la segunda generación del Movimiento Moderno en arquitectura, surgida tras los pasos de figuras como Mies van der Rohe o Le Corbusier, siendo uno de sus más significativos renovadores al adecuar el espíritu universal a señas de identidad locales. Así fue reconocido al recibir el Premio Pritzker en 1988, que dio pie a una segunda “juventud” del arquitecto brasileño. Además, la lista de premios y reconocimientos que le han otorgado es interminable: Príncipe de Asturias de las Artes, Medalla de Oro del RIBA, León de Oro en Venecia, entre muchos otros.
Según cuenta el mismo Niemeyer: “no creo en una arquitectura ideal, adoptada por todos. Sería la repetición, la monotonía. Cada arquitecto debería tener su propia arquitectura y no criticar a sus colegas, hacer lo que le agrade y no lo que a otros les gustaría que hiciese. E, incluso, tener el coraje de buscar una solución diferente aun cuando sienta que es demasiado radical para ser aceptada”.
Sus construcciones son imaginativas y llenas de curvas, a veces casi imposibles, y de vacíos, de trazos sinuosos contrastados con volúmenes rectilíneos y prismáticos, que han conseguido revolucionar la arquitectura mucho antes de que Frank Gehry, Jean Nouvel o Zaha Hadid llenaran sus obras de sinuosidades. Su espíritu innovador y visionario le ha valido duras críticas de sus coetáneos, debido a su rechazo del estricto funcionalismo racionalista y por su interés en explorar nuevas formas y materiales, como la capacidad moldeable del hormigón armado, que abrió un campo nuevo de posibilidades a los arquitectos.
Después de graduarse en 1934 por la Escuela Nacional de Bellas Artes de su ciudad natal, comenzó a trabajar junto al arquitecto y urbanista brasileño Lúcio Costa, una de las principales figuras de la vanguardia en Latinoamérica. Ambos son los responsables de la planificación y construcción de la ciudad de Brasilia, convirtiéndose en una clara demostración de que el pueblo brasileño era capaz de hacer realidad sus sueños y encarnar la idea de progreso con todas sus consecuencias. Junto a Lúcio Costa pusieron en marcha las obras del Ministerio de Educación de Río de Janeiro (1936) al lado del gran maestro del Movimiento Moderno, el arquitecto franco-suizo Le Corbusier, que dejaría una profunda huella en ambos y en todos sus contemporáneos.
Los conjuntos de Pampulha y Brasilia son los ejemplos más destacados en la obra de Niemeyer, mostrando la capacidad de éste para crear grandes iconos, reconocibles por cualquiera. Otro ejemplo destacado es el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói (1996), MAC, situado cerca de Río de Janeiro, y que ha llegado a ser una de las señales principales de la ciudad. El MAC es un espectáculo arquitectónico y se convierte en soporte para cautivar al espectador.
Su característica principal es el extraordinario diálogo que establece con el paisaje, que está presente tanto en el exterior –en palabras de Niemeyer: “la base cilíndrica es como una flor”, a otros recuerda más bien a un OVNI– como en el interior. En efecto, la riqueza de su arquitectura se nutre de las vistas de su país –sus obras hace tiempo que forman parte del paisaje de Brasil–, pero juega también con elementos del entorno para encontrar la pureza o el vacío en los paisajes.
Como cuenta Lauro Cavalcanti: “el aprecio por las bellas curvas femeninas, por la sinuosidad de las montañas de Río y la rebelión y el compromiso ante las injusticias en el mundo han desempeñado un papel fundamental en su trabajo”. A raíz de su exilio por causas políticas, se incrementó su trabajo en el extranjero, siendo hoy un referente indiscutible de la cultura brasileña y un autor de periferia con influencia en gran parte de las corrientes internacionales en la actualidad; fortuna que no hace más que incrementar a sus ya casi 103 años.
Ha realizado diversos conjuntos arquitectónicos en Alemania, Gran Bretaña, Argelia, Italia o Francia, entre otros países. Entre sus obras más destacadas durante estos años, cabe destacar la Universidad Constantina en Argelia, una biblioteca y una residencia de estudiantes en Oxford, la Embajada de Brasil en La Habana, el Yacht Club en Río de Janeiro, el Ministerio de Defensa en Brasilia, la sede el Partido Comunista de Francia en París y la sede de la Editorial Mondadori en Milán.
Actualmente su obra despierta un enorme interés y se reafirma como un gran maestro de la arquitectura, del que pronto tendrá España un nuevo edificio, el futuro Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, posterior a un proceso de regeneración urbana que va a permitir recuperar la fachada marítima de Avilés. Sin duda, un clásico irrenunciable para entender las posibilidades de evolución del Movimiento Moderno, sobre todo porque fue capaz de unir funcionalismo y sensualidad, haciendo complatible incluso su compromiso político junto a la exhibición del lujo más esplendoroso.

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