Türkiye

Turquía es más que mezquitas, tés y baños turcos. La mezcla perfecta entre Oriente y Occidente se hace más evidente en Estambul, inmensamente grande y bonita. Las mejores vistas se obtienen desde el barrio Taksim, el corazón de la ciudad, que bien se confundiría con una capital europea. Modernidad y colorido. Aquí no hay horarios y puedes cortarte el pelo o comprar marisco en cualquier momento. Hay que perderse por las calles de este barrio para viajar por alguna de las escenas, los puentes y sonidos de las películas de Fatih Akin, director turco-alemán que recoge aquí la inspiración de la mayoría de sus creaciones. Estambul, también, es un mercado al aire libre, una mezcla de sabores, olores y colores, el silencio en el Bósforo frente al ruido y las voces en las calles comerciales. Después de perderte por el gran bazar, sin dejar aparte las compras, es imprescindible visitar Santa Sofía, la Mezquita Azul y las cisternas.

Si sales de Estambul por tu propio pie y cruzas el puente dirección Oriente, esta sensación cambia para adentrarse en una realidad de cuento. Conducir en Turquía es todo un desafío, por cierto. A esto añadimos la nieve en diciembre. Las carreteras las recuerdo rectas y solitarias. De camino los pueblos parecían un decorado, con la mezquita como referencia y las oraciones a la orden del día. Visitamos, de paso, la capital durante una noche y un día, pero fuera de la belleza de las mezquitas, que cada una tiene algo único y merece una visita, Ankara es una urbe contaminada e industrial. Fuimos a un concierto en un pub y la sensación que nos dio fue una ciudad joven y animada, además de muy comercial, sin ese encanto que seduce de Estambul. Nuestro segundo destino fue Nevsehir, paramos a mitad de camino en una ciudad muy pequeñita donde pasaríamos juntos la última noche del año 2007, fuera de nuestras costumbres europeas. Allí nuestro nuevo amigo del hotel nos acogió como de la familia, cenamos plato típico turco, nos llevó a tomar el té con ellos en casa, previo ritual dejando los zapatos en la puerta, y asistimos a una fiesta para celebrar su nochevieja en una casita de madera. No quisimos caer en la fiesta forzada del hotel y pagar por rituales europeos. Recuerdo que hacía tanto frío que la ciudad estaba solitaria y oscura, pero empezar el primer día del año rumbo a la Capadocia borra cualquier contratiempo.

Esta región histórica de Anatolia Central es un espectáculo visual, en medio de un territorio árido y desierto, donde parece que nunca ha existido el tiempo. Los paisajes y las vistas son únicas desde cualquier ángulo. Es un lugar pictórico, que surgió hace 3 millones de años, y mantiene estas formas por la erupción de los volcanes. Es uno de los lugares más bonitos que he visitado. Nos alojamos en un hotelito en Göreme, una aldea pequeñita y muy turística, donde conocimos a gente del lugar, comimos variedades de lahmacún y pizza al estilo turco, compartimos cervezas y opiniones sobre política, Italia, Europa… a muy poco precio. Y siempre presente la imagen de Ataturk, “Padre de los turcos”, colgada de fachadas, bares y centros públicos. La última parada fue de nuevo Estambul. Me llevo un trocito de país fascinante y del que me queda tanto por visitar, un país que se moderniza lentamente. Al llegar al aeropuerto ya sabrás que estás en Turquía. Y cuando sales, también. Güle güle.

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