Sin vergüenza

Elijo este nombre para el post, tomado prestado de una telenovela emitida en Colombia hace un par de años; esas series de sobremesa con títulos nefastos, que enganchaban desde el primer capítulo a todas ellas que soñaban con ser damas y convertirles a ellos en galanes.

Hoy día no hay vergüenzas que valgan. Somos modernos, dentro de un sociedad donde sobran los tabúes, donde queremos superarnos cada día. Entramos en conversación sobre cualquier asunto candente, porque se nos da bien opinar. Aquello sobre lo que se callaba hace unos años, hoy es tema de discusión en el bar, ahora fuera de éste porque liando el cigarrito se debate mejor. Se habla tranquilamente de sexo, y así me encontraba el jueves en un bar charlando animadamente con una compañera de trabajo -y se nos fue el santo al cielo-, contando experiencias, detalles y consejos “del oficio”. Qué pensarían los que no me conocen lo suficiente, “una señorita como yo”.

El terapeuta John Bradshaw define la vergüenza como “la emoción que nos hace saber que somos finitos”. Así, no entiendo por qué las vergüenzas no se quedan en sus casas y nos evitan molestas situaciones y “sálvame tierra”, esta vez no. Las relaciones entre personas han eliminado barreras: demostramos cariño en público, nos besamos en la boca con amigos, discutimos por la calle, no perdemos ocasión de entablar conversación con el de al lado del autobús, que la cosa ya se sabe está fatal hoy día, no nos importa que escuchen nuestra conversación telefónica y no perdemos ocasión para piropear al compañero de trabajo. Contamos al detalle cómo aquella dejó a su chico por otro, fíjate tú, “ha salido ligerita de cascos”. Si te contara, mamá… Yo ahora apenas entro en casa.

Vestimos épocas, nos pintamos, nos gusta cuidarnos y que nos vean bien, embellecer el cuerpo, agradar a nuestra pareja, atusarnos más de lo habitual -si cabe- los viernes y deslumbrar los sábados, comprar ropa porque nos hace sentir mejor, retocar fotos y posar. Y lo hacemos además públicamente, para que el resto comente la foto en cuestión, da igual quién eres, edad, sexo o nacionalidad, cuantos más comentarios me dejes sobre mi foto más popular seré. Las personas pierden su identidad, no valen lo que se merecen, y se limitan a opinar sin tapujos. Si se pudiera llegar a entender lo que le pasa al otro por la mente… más de un marrón y metedura de pata se evitarían.

De pequeños y grandes nos han puesto en situaciones límites, que nos provocaban tremendo estupor y su posterior momento de rojo colorado, inevitable. Tomos y tomos de anécdotas del colegio. En mi caso creo que la perdí hace tiempo -la vergüenza, me refiero-. Aún así, me asalta tremendamente cuando me veo en vídeo o escucho mi voz en la grabadora, cuando hablo por la noche si estoy en compañía o me descubren una mentira. No puedo evitarlo. Todos tenemos esos momentos en los que sentimos vergüenza, pero vergüenza ajena, de los que nos representan, de las frases dichas en el momento equivocado, de los raritos que habitan el planeta, los que no dan su brazo a torcer, los que te la dan por la espalda, fuerzan una sonrisa, giran la cara o te contagian con sus decadentes y tristes historias.

Las relaciones humanas… no, eso no, habría mucho que debatir y un blog no da para más. No idealicemos, bajemos un poco a la realidad para disfrutar lo que hay, que no es poco. Las pequeñas cosas, para mí, son las mejores. Acercarte a alguien, dar el beso que te está pidiendo a gritos, pedir perdón, dar la enhorabuena o reconocer los fallos. Un saludo en un email, un beso virtual, una caricia, un enlace a una canción, la caña de los viernes, y aquí sí nos olvidamos las vergüenzas. Y luego siempre sale la maldita frase a relucir, fuera de todo contexto, “es que eres muy exigente, Elena…”.

Sin vergüenza

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5 comentarios en “Sin vergüenza

  1. Hemos perdido la vergüenza propia, ayudados por la libertad que creimos conquistar y últimamente por la esquizofrenia 2.0. La vergüenza ajena, sin embargo, resiste, y aumenta: son inversamente propprcionales en esta nuestra sociedad.
    Enhorabuena por el texto, Elena. Delicioso.

  2. Las complicaciones no existen, las construimos nosotros mismos. Dejándonos llevar por razonamientos absurdos, estropeamos vínculos que podrían ser maravillos

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