De Polaroid y otros recuerdos

Enfundada en un micro pantaloncito y en camiseta corta, morenita y con un corte de pelo a tazón que por tanto tiempo quiso que luciera mi madre, poso sobre un elefante en la pista de un circo, con una expresión más de terror e inseguridad que de aprecio y control sobre el animal. Así me viene a la mente una instantánea Polaroid que tengo en casa, tomada una tarde calurosa de septiembre, cuando pasábamos los veranos en familia en Alicante y había que entretener a las niñas.

Aquel ambiente me transporta ahora al espectáculo circense que precisamente Álex de la Iglesia ha montado para Balada triste de trompeta, su último largometraje, teñido de ese colorido, atrezzo, algarabía, controversia, grandilocuencia, maquillaje, caracterización y show continuo al que somete al espectador. Y todo este montaje en plena polémica por el devenir de la Academia -aquí sí que han montado un buen circo-.

La belleza de las imágenes captadas con la cámara Polaroid sí que reflejaban la vida al natural. Aquello sí que era improvisación e inmediatez, sin necesidad de cancelar y repetir la secuencia, de esperar días por el revelado, pasar las fotos al ordenador o prestarse a comentarios en Facebook. Nos encontrábamos con fotos artísticas, originales y bonitas, prestadas a la luz del día. La instantánea hecha realidad.

Hace poco mi amiga Anna Chiara rescató esta afición cuando le regalaron la Polaroid, y aunque es difícil y costoso hacerse con este tipo de carretes, estaba loca con su nuevo juguete. Ahora rescatar objetos en desuso es tendencia. Será mejor no desprenderse de estas viejas invenciones que, como el buen vino, ganan con el tiempo. Yo también puedo presumir de haber posado para su objetivo y tener una de estas impresiones colgadas en la pared de la habitación. Allí estamos nosotras dos, tan sonrientes como misteriosas, encerradas en ese recuadro blanco mientras pasa el tiempo. Cómo me gusta retomar y comentar las fotografías.

Volviendo al elefante, he empezado la novela de Saramago El viaje del elefante. Con paso firme, aunque un tanto denso de digerir, nos adentra en el recorrido que emprende el paquidermo -me gusta este nombre- desde Portugal a España, allá por el siglo XVI. Una historia épica y real en todos los sentidos, porque fue un regalo que el rey del país luso otorgó al archiduque de Austria que, casualmente, pasaba sus días en Valladolid. ¿Cómo no sorprender a una persona mandando un elefante como regalo? Y, sobre todo, ¿qué haces si te regalan un elefante? Está claro que la magnitud y grandeza en aquella época equivalían al valor del regalo.

Quién sabe qué viaje hizo aquel elefante, el mío, sobre el que poso en la imagen de la Polaroid, después de sus aventuras en el circo. A lo mejor, al terminar la función aquella tarde, se quedó como yo inmortalizado para siempre en un recuadro blanco viendo pasar el tiempo…

Polaroid

Como anexo matutino, hoy 10 de febrero, recojo una nueva aplicación que ya está de moda, a modo de Polaroid: http://instagr.am/

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