Representa Cuba

Este verano, en La Habana, conocí de cerca una tradición muy especial en la vida de un/a cubano/a: la Fiesta de quince años o Fiesta quinceañera.

Nos llamaba la atención el alboroto que había en las calles, hasta que los pitidos de los coches abrían paso a impecables descapotables Chevrolet que transportaban a una guapa cubana (chicos apenas vimos en estos desfiles), como si de una princesa se tratase, de una belleza insuperable, sensual, desinhibida y sugerente, bajo el sol de agosto. Nadie diría que se trata de niñas y niños de tan solo quince años, hasta que conoces el porqué de todo esto.

En Cuba, aunque es un ritual que se extiende y se celebra con sus peculiaridades en más países latinoamericanos, la edad de la madurez -los quince años– marca un antes y un después. Las familias pasan toda una vida ahorrando para que este evento, de gasto desmesurado, selle sus vidas y la de cada uno de sus homenajeados. El derroche de dinero es tal que se ha cuestionado, en más de una ocasión, si toda esta parafernalia no es más que excentricidad y fantasía o, más bien, un sufrimiento y burla equivalente a lo que se vive diariamente en estos países.

El despliegue de medios y puesta de largo que rodea a este “espectáculo” de quinceañeros no tiene precio; de hecho sí, aunque mejor no estimarlo. En verdad quienes sacan partido de todo esto son las empresas de servicios de la isla que hacen el agosto en cada casa.

Se alquilan coches, y él o ella, quinceañero o quinceañera, posa feliz y desfila orgulloso/a por toda la ciudad, vestido/a de gala para la ocasión. Es el/la gran protagonista del día y todos se rendirán a sus pies. Porque aquí cambias de estilismo durante toda la jornada: pomposos vestidos, transparencias, peinados de lo más sofisticados, complementos y tacones para quitar el hipo a cualquiera. Aparte, hay misa, catering por todo lo alto, un peluquero y un fotógrafo que durante todo un día te inmortalizará en vídeo e imágenes que verán generaciones y generaciones enteras. Se seleccionan escenarios de lujo  -donde el Malecón seguramente es el protagonista principal- para pasar un día “forzosamente” feliz y esconder la cotidianidad, para “jugar” a ser ricos por unas horas y más coquetos que nadie.

Esta costumbre entró en Cuba importada por España, aunque su mayor influencia era francesa. Las familias ricas, que se podían costear estas celebraciones en clubs privados y los mejores hoteles de la ciudad, fueron las precursoras de las Fiestas quinceañeras. En la isla esta FIESTA mayúscula incluye a veces una danza previa, donde diferentes parejas bailan vals alrededor de la quinceañera, conducida por un “príncipe” escogido a su gusto. Lo mejor para que la iniciación a la vida social empiece con buen pie.

En una casa particular donde nos alojamos, la pequeña de la familia nos enseñaba -con el brillo en los ojos- el álbum de fotos de su puesta de largo, rozando, en mi opinión, la vulgaridad y el mal gusto en cada detalle. La imagino, cada vez que observa esas fotos, revivir su gran día con añoranza, sin saber cómo agradecer a sus padres ese gran momento, y quizás la ilusión ahora merece la pena haberla pagado y disfrutado durante 24 horas, porque te hará feliz el resto de tu vida con solo recordarlo.

Ahora mismo, lo que le pasa por la mente a más de un/a quinceañero/a cubano/a (con algunos pudimos compartir buenos ratos en la playa), sería invertir este dineral que ahorra a duras penas su familia en poder salir algún día del país, sin impedimentos ni límites, reencontrarse con su marido o su hermano que no pueden regresar a Cuba, presentarle a su hijo que no conoce, comprarse ese nuevo modelo de móvil, la camiseta de marca que aparece únicamente en las revistas de moda o viajar y conocer mundo, le pese a quien le pese.

CUBA

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