Bolsos con historia

Hoy leo con curiosidad este titular: “¿Quieres conocer cómo es realmente una mujer? Mira en su bolso”. Bolsos que dan cabida a infinitas posibilidades: te acompañan allí donde vas; recogen trozos de tu día a día, restos de viajes, de noches fuera de casa; contienen historias y recuerdos de personas; conocen barrios, locales, casas, ciudades; marcan reencuentros y desencuentros; sufren y ríen contigo; se olvidan en una estación o en el último bar; bailan, se mojan, envejecen y corren apresurados al metro.

Tendemos a transportar de todo, siempre por esa inseguridad natural del “por si acaso”. Una pequeña mudanza take away que, en caso de imprevistos o causas mayores, nos haga tener a mano lo imprescindible de cada uno. Algo así como irte a una isla desierta y llevarte esas 5 cosas indispensables.

Usado por los romanos en el siglo I a.C. (ellos lo llamaban bursa, de ahí borsa en italiano), no era más que una simple bolsa. Con el paso del tiempo ha pasado a ser un accesorio exclusivamente femenino, aunque reivindico que, cada vez más, ellos también hacen uso, con la llegada de tanto invento tecnológico y la necesidad de transportarlos.

Es uno de los complementos por los que siento una profunda devoción. De pequeña, me encantaba rebuscar en el mueble donde mi madre guardaba sus bolsos. Vaciaba el armario y los volvía a colocar uno a uno. Todos esos que tenía y acumulaba sin saber por qué, algunos por cariño, otros que no se llegaron a usar lo suficiente, pasaron de moda, quizás por lástima a desecharlos o, simplemente, porque todo se volverá a llevar en unos años. Y así nos duele menos la pérdida.

Recuerdo que me los ponía orgullosa y jugaba a ser mayor delante del espejo de su habitación. Aquellos bolsos eran enormes para mí. Eran de cuero y de asas doradas, que solo los asociaba a la gente mayor, a gente como mi madre, que sabe llevarlos con estilo, y soñaba el día en poder lucirlos como ella. Hoy día, mis hermanas y yo usamos algunos, prácticamente por ellos no ha pasado el tiempo. Y las tres hemos usado aquel que con cariño mi padre le trajo de Marruecos o mis abuelos de su viaje por Ibiza.

Decía devoción, aunque más bien es un deseo compulsivo por este accesorio. Mi armario luce y está repleto de bolsos, me gustan todos, pequeños y grandes, de cuero y tela sobre todo, de rayas, lisos, de colores (marrones y negros, habitualmente). Algunos son de viaje, otros me acompañan en las noches de verano, vienen solo a hacer la compra, a mis clases de francés, a Salamanca o a la playa; también tengo aquellos que forman parte de la decoración de interiores de mi casa.

Sin embargo, y con afán de agilizar la búsqueda del próximo regalo, nunca usaría aquellos con retratos de famosos, animales, zapatillas o radios, ni los que tienen escrito el nombre de la ciudad donde pasé mis últimas vacaciones.

Insisto: ¿Quieres conocer cómo es realmente una mujer? Mira en su bolso. Ahí está la esencia de cada una.

Bolsos

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