Tanghetto

Primeras pinceladas: En las ciudades grandes pasas desapercibido, o eso parece. Caminas sin dar tanta importancia al aspecto ni a las miradas. Disfrutas más la ciudad. Es fácil inventarse historias de las personas que tienes sentadas enfrente en el metro, y más aún intentar pasar por una de ellas, sin que apenas se note en tus gestos o movimientos que eres turista.

A la vuelta, las impresiones y los colores de un viaje son bien diferentes de lo que observaste previamente en la guía o de lo que tu imaginación quiso inventarse. Una guía que ahora se retira junto a las demás, hasta que alguien vuelva a darle cuerda y active su viaje.

Intentar describir Buenos Aires (¡nada menos!) es todo un reto. No sé por dónde empezar ni acabar. BsAs existe y se respira cada día, en cada rincón, se rediseña según los ojos de quien la visita. Entro en el SUBTE y me pierdo en las entrañas de la gran ciudad. Al salir, respiro el sur de alguna parte del mundo, que a través de los trazos del artista uruguayo Joaquín Torres García (la imagen del mapa de Latinoamérica invertido que he usado) “No debe haber Norte para nosotros, sino oposición a nuestro Sur”.

Retomando esa gran ciudad ya citada, es un mercado para los sentidos al aire libre. Un “mercado de las pulgas”, donde poder caminar sin rumbo varias cuadras y perderse voluntariamente, descubrir rincones porteños que la segunda vez se vuelven ya tan familiares, observar las fachadas, patios y tipografías de comercios y restaurantes, fijarse en la gente dentro de los bares y desde los bares hacia fuera, dejarse seducir y compartir mate en alguna de las colinas teñidas de verde, mientras suena cumbia de fondo. Historias que quieren ser contadas, pasados que siempre vuelven al ser recordados. No mirar el reloj cuando recorres Plaza Dorrego en San Telmo, detenerse en los detalles de cada escaparate, revivir la pasión del fútbol, épocas y glorias, sonreír a los que pretenden venderme, llevarme las servilletas de algún bar, capturar la foto sin que me vean, colorear La Boca, visitar los diferentes Palermos de Palermo, tiendas de diseño, galerías, pasar de librería en librería, participar en conversaciones, en cualquiera de las miles de conversaciones que han querido cruzarse conmigo, hablar de algún futuro, pasear acompañada, quedar en la puerta de un hostel, hablar de literatura y de milongas, ver la ciudad alejarse desde un barco, hacerse un hueco para descubrir a los que se dejan llevar por una voz de tango que, perezosa, no deja de sonar día tras día.

A esto se unen los olores, colores, acentos, sabores y sonidos que acompañan a los viajes. Y junto a todo esto, las fotos que rescatas de la mente a la pantalla, para seguir hilando esta historia sin final… como un texto de La Cumparsita: “un mundo de ilusiones y de tristezas, de sueños y de nostalgias que sólo se viven a los veinte años”. ¿Y a quién no le gusta ser turista de vez en cuando?

Añado que Buenos Aires es también sus taxistas y los taxis negros y amarillos.

Joaquín Torres García

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