Je Ne Regrette Rien

Si contradecimos la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, Woody Allen ha sabido anticiparse a lo que ya sabíamos. Bienvenidos a Midnight in Paris.

“Una película de éxito es aquella que consigue llevar a cabo una idea original”.

La pintura, los poetas llenos de sueños y deseos, ¡el Surrealismo!, la belleza transparente de las mujeres, el vestuario, las plumas y lentejuelas, la hebilla que rodea el tobillo, la luz tenue, la boquilla de un cigarro a medio consumir, el gramófono que suena discretamente y, de fondo, siempre la magia de la seducción, el movimiento de los caballitos y la noria, la locura por recubrirse de lujo, collares de perlas, el gusto aristocrático en bailes y banquetes, la cultura europea y el silencio de las noches parisinas… ¡felices años 20!, para seguidamente cruzar la calle y situarte en la Belle Époque, con el deseo de asistir al mejor de los Cabarets que invaden la ciudad, enfundada de bienestar, ansia de placer, colorido y esplendor.

Solemos cometer el error de compararnos siempre con los otros y sus historias, echar de menos con la vista puesta en años atrás, idealizar un tiempo anterior por miedo a caer al vacío o porque la situación hoy día –para qué negarlo, poco tangible- requiere no aventurarse.

Imagina, ahora, despertarte e ir a contrarreloj un siglo atrás. Ahora seríamos protagonistas de la mejor de las novelas contemporáneas, sin que aquel compañero de pupitre que entraba a empujones nos confesara que llegaría a ser el último premio Nobel que descansa ahora en tu mesita de noche.

Una cosa es cierta, he salido reconfortada del cine, y creo que mi acompañante también; con ganas de dar un salto y plantarme en los Champs-Élysées al atardecer y respirar el verano, pero antes habré atravesado el puente bajo la lluvia y una voz parisina de fondo me propone, como si estuviera ya narrado, pasear por el Sena y acompañarme hasta el hostel. Aún incrédula, mi subconsciente ya ha dicho que sí.

Otra vez me distrae el ruido de la calle; es lo que tiene vivir en el centro de Madrid. Recuerdo que ha sido una semana dura, y tormentosa como en París, pero ya es jueves al fin y al cabo.

años 20

Decía que era feliz solo cuando estaba enamorada y, aún así, aceptaba su destino. Je Ne Regrette Rien (“No siento nada”), cantaba Edith Piaf.

Midnight in Paris.

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2 comentarios en “Je Ne Regrette Rien

  1. Y Pablo Meteoro añade:

    Dos pequeños apuntes para mentes vivaces a tener en cuenta:
    1) Los felices años veinte acabaron en la Gran Depresión.
    2) Je ne regrette rien se traduce mejor por “no me arrepiento de nada”, lo cual nos lleva indefectiblemente al punto uno otra vez, que después de haber pasado por el punto dos solo cabría admitir que es necasario recapacitar.

    ….

    😛

  2. A veces las ideas originales y las películas quedan superadas por las casualidades…mira lo que sucedió en Italia…

    In un cineclub di Bologna hanno proiettato per una settimana «L’albero della vita» di Malick all’incontrario. Prima il secondo tempo, poi il primo. E alla fine, applausi convinti. Pare che il distributore avesse invertito per sbaglio le etichette sui rulli della pellicola. Sta di fatto che gli spettatori del film vincitore a Cannes non si sono accorti di nulla. Ora, è vero che il protagonista muore all’inizio e rivive durante le ore successive, per cui l’inversione dei rulli ha semplificato la trama. Ma i frequentatori del cineclub – i famigerati intellettuali con barba esisteranno ancora? – hanno ridato fiato al partito di Fantozzi, che li sbertuccia dai tempi della Corazzata Potemkin. Par di vederli, mentre escono dalla sala magnificando la genialità del regista nel mettere la parola FINE al termine del primo tempo, superata solo dall’intuizione di inserire i titoli di testa all’inizio del secondo.

    Vorrei prendere le loro difese: intanto il film era in lingua originale e si sa che molti intellettuali dicono di sapere l’inglese, ma restano fermi a «the cat is on the table». E poi c’è il condizionamento del luogo. Nei cineclub, come a certe mostre, si entra con un pregiudizio favorevole nei confronti dell’artista. Davanti al ritratto di un uomo a testa in giù, mi capitò di udire un critico profondersi in gargarismi per il pittore che «aveva denunciato il rovesciamento della realtà operato dal Potere». Stavo riflettendo sulla profondità del messaggio, quando un commesso si avvicinò al quadro e lo mise nel verso giusto, scusandosi per l’errore.

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