Las cafeterías son para el verano

“Sometimes always” de The Jesus & Mary Chien, como sugerencia de fondo. Será su atmósfera unas veces bohemia, otras cargada y con prisas, el ruido de las tazas, azúcar derramado en la mesa, origamis de servilletas, encuentros que se alargan o despedidas con el tiempo contado. No sé por qué, pero tengo un especial apego a las cafeterías. Las asocio a las horas previas de un viaje o al propio contexto como tal: la espera en la estación de Cádiz, las lecciones de español en Madrid, la búsqueda de pisos en Italia o una clase magistral de Historia en Montevideo.

Las cafeterías me gustan, esto ha quedado claro, y me dejo llevar por las guías para descubrir Tortoni en Buenos Aires, la antigua confitería famosa por los Pastéis de Belém en Lisboa, el Café Barbieri en Lavapiés o la mítica Colombo en Río de Janeiro. Más cerca, nace un nuevo y espectacular rincón en Malasaña, el café-librería italiana. Pero hay una en la capital que, sin ser famosa por algún hecho histórico o momento personal relevante, me inspira muchísimo. Allí empiezan mis viajes y mis primeros desayunos. No dejo de mirar constantemente el reloj, la hora del avión, el bus o el tren, el momento esperado desde hace días para cambiar de realidad. Los que me rodean no saben que me voy. Mientras hojeo la libreta y los apuntes del lugar de destino, espero en mi cafetería de La Latina.

Estos lugares me transmiten diálogo, reflexión y contacto. Es allí donde, sin querer, nos sinceramos, mirando al horizonte o esperando la cuenta, observando el trabajo diario del camarero, las mesas colindantes y sus menús, las maletas de otros que, como tú, cambiarán pronto de contexto.

Robert Doisneau

Para los que hacen la ruta urbana de las cafeterías de arte, no está de más recomendar en Madrid la del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, otra legendaria como la de la Filmoteca en el Cine Doré -entre mis preferidas-, la terraza a pie de calle del Círculo de Bellas Artes o, muy de andar por casa, donde tomar la primera cerveza previa al concierto, la de la Tabacalera. Sin olvidar esos bares castizos colindantes a teatros y salas menos convencionales. Cada una tiene un toque y estilo propios. Esto las hace únicas.

Todo esto para contar que La Casa Encendida incorpora desde hoy un nuevo espacio donde compartir experiencias, narrar sensaciones, desvelar confesiones o la impresión suscitada con la muestra de la sala contigua. Primero fue la tienda, luego las noches de verano en la terraza y ahora ya tenemos cafetería. Sin la necesidad de pasar frío en las despedidas de invierno o calor en las máximas alturas, se inaugura este nuevo rincón para los que aman las tardes completas de cine, café, muestras, tertulias, instalaciones, conciertos y conversaciones sin caducidad.

Ven y cuéntalo.

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Un comentario en “Las cafeterías son para el verano

  1. Ver pasar la vida es una de la filosofías que heredamos de nuestros sabios antepasados árabes, por mal que les pese a algunos, y que al hilo de la propuesta de Elena pongo sobre el tapete…de la mesa de un bar/cafetería/cafetín/restaurante…con terraza claro.

    Yo lo pongo en práctica siempre que puedo, pues pensar, reflexionar o…ver pasar la vida simplemente son “ejercicios” más saludables que meterse en un gimnasio a machacarse los biceps.

    Por tanto, me siento y observo pasar la vida…la gente que camina sin cesar y siempre con prisas. Observo como juegan, corren, saltan los niños…también observo la felicidad de los enamorados….el paisaje, el paisanaje, aveces tan “apaisado”….todo mientras pasa la vida en cualquier lugar.

    Algunas recomendaciones a vuelapluma:

    Café Hafa de Tánger, Café Pierre Loti sobre el Cuerno de Oro en Estambul, A Brasileira en la rua Garret de Lisboa (lugar preferido de Fernando Pessoa), il Zucca en la galleria Vittorio Emanuele de Milan, El Café Florian de la Piazza San Marco de Venezia, Caffè della Pace cerca de Piazza Navona en Roma, El Back Stage del Barrio de BellaVista de Santiago de Chile, El Atzaga del Barrio Alto de Valparaiso, la Heladería Coppelia en la Habana, La Taquería del Alamillo en la plaza del mismo nombre en Madrid…

    ….y hagamos caso a los sabios, tomaros un buen rato por delante, siempre con un café con hielo, un pequeño cuaderno para “apuntar” y…dejemos la vida pasar.

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