Czesław Miłosz

No sé quién era Czesław Miłosz hasta esta noche. Y dudo que mañana acierte mínimamente a escribir su nombre. Pero he encontrado una frase de este traductor y escritor polaco, porque es él, no ella como pensaba, y la uso sin ultraje alguno porque me da juego para introducir este post. “Lo que se nombra adquiere fuerza, lo que no se nombra deja de existir”.

Hay, allá donde vamos, nombres reveladores, porque designan la ciudad de origen, el apellido que por infinitas ocasiones deberemos incluir en folletos e inscripciones o el nombre del primer amor, incluidas sus fatalidades añadidas, que nos perseguirá en muchos contextos a lo largo de nuestros días, léase en marcas de detergentes, dulces, cantautores, presidentes o famoseo y prensa rosa. Hay otros nombres que, por más que los oímos, son un placer para nuestros tímpanos, algunos que pronunciados por un desconocido suenan mejor y otros que, creados de la confusión, nos seducen. Nombres que cambian de género si cruzas la frontera, que no se escriben como se pronuncian, que tienen doble connotación, que traducidos nos gustan más, aquellos que solo tú sabes lo que significan, que recuerdan a personas y noches, pero a las primeras ya no les pones cara, muchos más creados de la casualidad o abstracción del momento, los más graciosos no se olvidan, los terriblemente largos nos abruman y surgen los espontáneos que, además, hacen rima.

La rima en un verso marca el ritmo de un poema. Y todo poeta, inevitablemente, vive siempre de otra cosa. Aquí está el caso de Fernando Beltrán. Inventor de El nombre de las cosas, me fascina pensar que su oficio es el de nombrador, como le gusta que le nominen. Él también necesita ser designado. Un trabajo al que recurren empresas, marcas y particulares que quieren montar su propio negocio, con el fin de designar su local o lanzamiento de un nuevo producto.

Imagina irte de un bar sin saber su nombre, olvidar aquel lugar mágico donde pasaste tu verano, perderte sin mapa, la mejor cerveza del mundo, el título de la canción que no dejas que pare de sonar, aquella célebre película o la ocasión de memorizarte en su teléfono móvil. Que te confundan con otra persona, no te llamen por teléfono, no te personalicen un beso o nadie salga a recibirte en la sala de espera.

Los indignados cambiaron simbólicamente los nombres de las plazas ocupadas y se han (nos hemos) convertido en una actitud y postura. Hoy día todo debe ser nombrado y, por supuesto, firmado.

Elena,

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2 comentarios en “Czesław Miłosz

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