Cómo no sucumbir a la tentación del “motorino”

Lo cantaba en su día esta tan famosa de los pelos rojos: “mientras tanto, veo la vida pasar”. Hay motos, no importa tanto cuáles -marca, color o razón del porqué hago alusión a ellas- que han marcado mi evolución personal. En ellas he girado muchas vidas, veranos y situaciones. En ellas me he sentido libre y un tanto altiva, azotada por el aire del litoral, el calor del asfalto en los veranos y la lluvia apresurada en las ciudades.

Te subes en ellas y ves la vida en movimiento. El escenario hace el resto. Tus sueños y pensamientos viajan más rápido hasta que llegas a tu destino y te detienes, te quitas la protección y sigues con tu ritmo normal. Caminas un poco con el casco en mano mientras te recompones y te encaminas hacia el que la maneja y la adecúa a su entorno. Me gustan las conversaciones intermedias sobre un motorino, la sensación de sentirme una Wonder Woman que se deja transportar por su gentleman. Las miradas de la gente a nuestro paso, el descubrimiento de nuevos locales, mirar más arriba de los edificios y detenerse en medio del caos, relativamente distantes de la realidad.

“Pasado el tiempo sigo igual”. Me gustan todavía y me transmiten muchos recorridos que hice algún día. Viajes en el tiempo que se remueven con solo poner el piloto en marcha. Miradas que salen y a veces no vuelven, pero que quiero seguir recorriendo para que se conviertan en el viaje más largo del mundo. ¿Y la felicidad? Poder estar aquí y ahora.

Mundo matraca

Imagen: Mundomatraca.com

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