De moderno a postmoderno

Donde dije digo, digo Diego. Hoy echo un vistazo a la galería de imágenes de la revista S Moda. Únicamente porque me la encuentro delante. Colecciones de ayer que, al final (en unos días, para ser exactos), luciremos. Retorcidas hombreras que vestía mi madre y chaquetas americanas de corte recto. Todavía me las recuerdo. Claro está, nunca me las hubiera imaginado en mi cuerpo. Ahora dediquen un momento a este artículo en El País… y vuelvan conmigo.

Pendientes plateados, collares de bolas, cinturones de piel con hebillas. Algo impensable para una niña como yo que, con 13 años, revolvía en el armario de bolsos de mamá, aquellos bolsos de tachuelas y cadenas doradas que me colgaba en el hombro y con las que me pavoneaba delante del espejo de pared de su habitación. Eran los años 90. La estantería del baño estaba llena de productos de belleza. Allí me pintaba los labios en un espejo que, según su inclinación de apertura, me dejaba ver mi corte de pelo por detrás y de perfil. Esas tardes de sobremesa abría el esmalte rojo (dentro de ese universo de complementos curiosos que solo mamá tenía), solo para oler su aroma y pintarme al menos una uña, la menos visible. Lo cerraba rápido si me llamaban, antes de versarlo tontamente por el lavabo o mancharme la otra mano.

En esa época empezaban a circular por la clase las primeras chicas (ya las llamaban mujeres y las felicitaban por ello) con sujetador, esa prenda íntima que se dejaba entrever un poco a través de la camisa blanca de nuestro uniforme de monjas, pero era sensual y un paso en nuestro crecimiento, llamémoslo cosas de adultos. ¿Pero dónde me lo compraba yo y cómo se rellenaba eso?

Ahora vestimos aquellas prendas que nos parecían ancestrales, setenteras, ochenteras, pin-up… y nos gusta ver nuevas modas puestas en otros, esas que nos recuerdan a las clásicas, vaya. Pero no, yo nunca me pondría eso. Seguro que se me pasó por la cabeza semejante frase. Ay, cómo pecamos de error, ¡ingenuos! Porque mejor no decir nunca “de esta agua no beberé”, ya que aquello precisamente que odiábamos, teñido de hortera y antiguo en su contexto, hoy es retro y moderno. Confiesa que lo acabarás usando, querida. Tú, yo y ellos. Mañana, quizás.

Y todo este rollo porque he estado pensando a raíz de una frase que ayer decía mi hermana que circulaba por Facebook. Seguro que se trata de algún grupo ya consolidado que, en poco tiempo, estará dentro de nuestras páginas de interés. Era que hoy día, este concepto de “ir a la moda” no es calzar Camper, usar un iPad, ir a Pilates o mandar un Wassup, sino la acción de “estar desempleada”. Reflexionemos un poco, por favor.

MÁS INFO: S Moda de El País (18/1/2012):
Prendas y accesorios que juraste no volverte a poner jamás

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