Código de barras

Paseaba su belleza y dignidad por los mejores clubs de la ciudad. Ella, que dedicó una entera vida al ritual nocturno, se definía amante de historias y forasteros. El rojo de sus labios contrastaba con el color de sus uñas, y la sensualidad que solo ella desprendía con su largo pelo negro le hacían diferente del resto. Su tez morena y sonrisa infantil cautivaban a muchos; nadie que no se rindiera a sus pretensiones, a su voz, a sus movimientos. En verano, pasaba las tardes en el Malecón -su barra preferida, confesaba- la más larga del mundo, allí donde todo estaba permitido: bailar, amar, beber, cantar, discutir, compartir, aprender cosas y deshacerse de otras… En invierno, su trabajo de bailarina le permitía girar y girar fuera de su país, al ritmo que marcaba el mundo. El mismo que la adentró en la vida ociosa de la noche, donde saciar las penas y soledades de esta travesía a la luz de la luna. No había ciudad nueva que no le suscitara el deseo de investigar, el recuerdo y contacto de los suyos, ajena a los peligros y comentarios. Sola vagaba por los bares en busca de anécdotas y calor humano que llevarse al hotel, habitaciones lánguidas y silenciosas. Encuentros que endulzaban sus frías mañanas de ensayo frente al espejo, reflejando el peso de su vida, practicando sobre una barra de aluminio que le hacía moverse frágilmente y mantener el equilibrio, el mundo bajo sus pies, silbando mientras esbozaba una sutil sonrisa. Tras el trabajo, su rastro y barra de labios rojo se esfumaban en copas de vino y restos de colillas que se alargaban hasta el amanecer, servilletas impregnadas de sus besos, números confusos en tarjetas de visita arrugadas y aventureros seducidos por su aroma y fascinación. Conversaba con los camareros y ocupaba un asiento privilegiado a su lado, en las barras de trabajo, donde intercambiaba teléfonos, saludos, lenguajes, consejos y relaciones sociales, cruzaba miradas al fondo de la sala, degustaba vidas y saboreaba su ginebra preferido. Su vida danzaba como una melodía, que sigue sonando una y otra vez, para alargar el tiempo y consumir aquello que se encuentra delante. Y las barras de los bares las asociaba a su Cuba, allí donde todo estaba permitido: bailar, amar, beber, cantar, discutir, compartir, aprender cosas y deshacerse de otras… La encontraron a media tarde apoyada en la barra, sumida en un profundo letargo del que nunca despertaría. Con su barra de labios en la mano, encerrada en su vida mustia y danzando, por última vez, sus encantos por el mundo. Desconociendo su nombre. Bailarina de barra.

MínimaElena

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Un comentario en “Código de barras

  1. Las barras tienen sus códigos al igual que las bailarinas…

    La chiamavano bocca di rosa
    metteva l’amore, metteva l’amore,
    la chiamavano bocca di rosa
    metteva l’amore sopra ogni cosa.

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