Relatos cortos para leer en el metro, en el aeropuerto, en la habitación de un hotel

Venus era mujer
Jugaba a ser mayor delante del espejo de la habitación de mamá, aquellas frías tardes de invierno en las que, orgullosa, lucía sus accesorios y rescataba sus bolsos del armario. Eran todos bonitos a mi vista, al tacto; algunos de cuero y de asas doradas, de tela y de mano, de tantos colores y diseños, bolsos que asociaba evidentemente a la gente mayor, a gente como mi madre que sabía llevarlos con estilo. Soñaba con poder presumir de ellos como sólo ella sabía, paseándome con soltura y feminidad, transportando historias, retales diarios, viajes y noches fuera de casa; reencuentros y desencuentros; memorias que se olvidan en una estación o en el último bar; bailan, se mojan, envejecen o corren apresurados al metro.

Alberto-Van-Stokkum-Fashion-12

Polaroid y otros recuerdos
Enfundada en un pantaloncito corto, morenita y con mi melena rubia, que tanto tiempo me dedicaba mi madre, poso sobre un elefante en la pista de un circo, con una expresión más de terror e inseguridad que de aprecio y control sobre el animal. En las alturas observo la vida altiva y distante, desde donde todo parece insignificante y mínimo, bajo un lienzo gigante que se despliega ante mí: atrezzo, algarabía, colorido, grandilocuencia, maquillaje… Quién sabe qué viaje hizo aquel elefante sobre el que poso en la imagen de la Polaroid tras sus aventuras en el circo. Como yo, quedó inmortalizado para siempre en un recuadro blanco, viendo el circo pasar.

A medias
Tras la puerta del baño observaba fascinado a su mujer durante el ritual diario de la ducha, con las prisas previas a una función de cabaret, marcando ingeniosos movimientos teñidos de sensualidad, mientras apoyaba su peso sobre el borde de la bañera, acariciando sutilmente el tejido de las medias, vistiendo despacio una de sus prendas preferidas, sin fracasar en el intento. De camino al trabajo, su mirada se posaba sobre aquellas que lucían vistosos coloridos, texturas, delicadas carreras revestidas de esmalte o insinuantes cruces de posturas, eclipsado por tan sugerente parte de la anatomía humana.

60 segundos
Aprieto el pulsante que me devuelve a la vida. Me ajusto la cremallera, levanto la vista al cielo, observo a un lado y a otro de la calle y me encamino al ritmo que marca el resto. La gente se mueve intermitente y absorta en sus pensamientos. Mi silueta se refleja en los escaparates y se oculta tras las fachadas. Su sombra viene detrás, dificulta el paso a quien arrastra su maleta, esquiva a dos hombres que ayudan a un chico de corta edad que hace caer algunos periódicos apilados. El paso de cebra nos detiene. Salta el verde y prosigue la vida avenida abajo.

Imagen: Alberto van Stokkum.

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