Zona de fumadores (relato para un viernes)

Nos obsesionamos en recrear historias con sobrada antelación, cuando se obstinan en hacernos creer que todo lo bueno está por llegar. Pero las esperas son así, casi siempre confusas y bañadas por una incertidumbre nebulosa. Mi espera, en este relato corto, es premeditada. Se prolonga desde hace más de una semana y tú eres su hilo conductor. Estás ya en Madrid, tu mensaje ha irrumpido en la sala pero no estoy preparada para leerlo todavía; soy yo quien alarga los minutos que nos separan. Ultimo los retoques finales, enciendo de nuevo la llama del incienso, me miro en el espejo, sonrío y sigo dando vueltas sin rumbo. Me pinto, más de lo mismo, los labios. Compruebo llevar bien conmigo la pulsera. Me detengo y rebusco apresuradamente en el fondo del bolso que usé la noche anterior. Necesito la pitillera roja que tenemos igual los dos de aquel viaje a México. Necesito liarme un poco del tabaco que conservo, tiene que estar en alguna parte, pero los nervios me hacen rebosar los filtros que quedan, ahora todos ellos esparcidos por el suelo. Nuestra vida es una permanente espera, como todos los cigarrillos que vienen a ella asociados. Ansías siempre resultados, una llamada, un tiempo mejor, un autobús que parece que nunca llega, que la boca de metro te devuelva a esa persona o que, a la primera de cambio, alguien te de fuego, mientras que, a la par, siguen ocurriendo cosas (muchas) a nuestro alrededor. Este relato (insisto, corto) dura lo que un cigarrillo entre mis dedos. Se consume breve mientras aguardo tu sonrisa y que avivemos juntos la aparente armonía que nos separa de la ficción. Hoy he regresado a Madrid también yo, sumisa entre esa gente malhumorada que transporta sus maletas como el peso de sus vidas por igual, los que dejan fuera del vagón a alguien con una lágrima esfumándose en el andén. Pero me gusta regresar, especialmente cuando anhelo visitas intermitentes, que no son otras que las tuyas, y sin pretensión alguna arrastro ese estado de placer y felicidad inherentes en estas circunstancias, recreando el reencuentro y sus acalorados diálogos. Y, por fin, apareces tú en escena, con ese aire indiferente -aunque no malicioso- que te caracteriza. Todo lo bueno se hace esperar. Sonríes y te disculpas. Mi cigarrillo todavía aguarda su mecha de felicidad, que aún no se ha (es)fumado. Mientras tanto, subes decidido al palco. Giras por mi habitación con tu pitillera ya consumida por el uso. Te lías un cigarrillo despacio, tú lo consigues, viendo pasar el tiempo como las colillas que -imagino- reposan aún en el cenicero de tu ventana, a punto de rebosar su superficie. No puedes evitar observar lo que te rodea, lo haces siempre. Primero me miras. Luego te fijas en los detalles que –averiguo qué estás pensando- dicen mucho más de mí que cualquiera de mis palabras: los títulos de libros nuevos, los colgantes y sus historias, nuestras fotografías que siempre nos devuelven a los eternos felices, los flyers desconectados de la noche anterior, el color de mis uñas… Te miro mientras sostienes el piti como sólo tú sabes hacer. Soltamos algún esbozo de conversación al unísono. Te pierdes buscando algo en tu bolsillo, pero me asaltas y nos fundimos en un abrazo. Depositas algo en mi mano. Y, antes de que nada irrumpa nuestro silencio, me paro sólo a observarte y doy una calada al cigarrillo que se conserva solemne desde hace unas cuantas horas al borde del precipicio. Una estela de humo nos deja adormilados hasta cuando calla el silencio. Y llega mi momento. Te beso y acaricio, dos y tres veces. Me gusta que no sepas que te miro. Tú estás impasible y yo me subo a la vida con esa felicidad inusual que caracteriza las noches no catalogadas dentro de lo común. Y surge un amanecer nuevo a tu lado. Tu olor me acompaña y me evita. De camino a mi realidad, a la que tú ya no perteneces, me veo reflejada en un autobús repleto de personas. Cada día parecen las mismas caras. A esas horas denotan pesimismo y malos humos. Los ojos de un chico se posan sobre mí y una señora interrumpe la secuencia para pedirme fuego. No encuentro el maldito mechero en el fondo del bolso, que no es otro que el de la vez anterior que me arrebataste. Y, mirando al frente, diviso a un hombre que fija su mirada persistente desde un gran ventanal, a la vez que hace girar impulsivamente una cajetilla de cigarrillos rubios entre sus manos, las mismas que seguramente desean acariciar uno de ellos en la fría mañana de invierno. Le noto nervioso por su expresión, como si él también quisiera dilatar alguna espera. Prosigo mi recorrido y veo acercarse la imagen siempre más nítida de ese joven barrendero que no me quita ojo; no nos los quitamos desde que se cruzaron aquella primera vez hace tres años. Son muchas las colillas que retira cada día, que nos acercan siempre un poco más; residuos de historias sin dueño, momentos aspirados sin palabras. Cuando intento mitigar mi evidente sonrisa, una voz grave se cruza en la secuencia detallando los últimos devenires políticos, lamentando ese humo negro que contamina Madrid, mientras su intervención se congela para aspirar hondamente y llevarse a la boca uno de esos puros que fuma para inhalar mejor sus ideas. Es un humo denso proveniente del mismo lo que me obliga a esquivar a un señor mayor de mi ruta. Un olor familiar -el humo ya citado que ahora nubla mi vista- me devuelve el recuerdo de mi abuelo y se vela segundos más tarde, abrasado por el perfume de una dependienta que escapa a comprar tabaco al puesto más cercano. Un espacio, ahora sin humos, que aísla los hechos anteriores y, un día más, suaviza la monotonía. Y pienso que tu amor es así, como cualquier último cigarrillo que fumamos o aspiramos: breve pero intenso. Para muchos, el mejor de los placeres. Mientras dura.

Elena Velasco
(Concurso Rendibú 2012)

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